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Cómo crear una cartera de inversión adecuada a tus necesidades

Definir el perfil de riesgo y los objetivos a conseguir es fundamental para configurar una cartera de inversión que logre maximizar los beneficios de los ahorradores

Cuando entramos en un supermercado no llenamos el carro con un único producto. Todo lo contrario: adquirimos distintos alimentos, con el fin de satisfacer las diferentes necesidades alimentarias. En el ámbito económico sucede algo parecido. Y la cartera de inversión sería el equivalente financiero del carrito de la compra.

Una cartera de inversión es, en pocas palabras, la suma de los activos en los que ha invertido una persona. Su amplitud no conoce límites: puede abarcar desde las acciones, las materias primas y los bonos del gobierno hasta los fondos de inversión, las obligaciones y los bienes inmuebles. Incluso tienen un espacio los mecanismos de financiación alternativa como el crowdlending o el crowdfactoring. En definitiva, será tan diversa como su propietario desee.

Este no es un concepto cerrado. A medida que el ahorrador inyecta su capital en nuevos activos, estos pasan a incorporarse a la cartera de inversión. De la misma forma, cuando retira su inversión y recoge sus ganancias, ese producto desaparecerá de dicha cartera.

Pero hay que tener presente que, como ya defendía hace siglos Aristóteles, el todo es más que la suma de sus partes. La cartera de inversión no es la mera combinación de las inversiones de una persona. Detrás de ella hay una estrategia de inversión muy meditada, y cada decisión tomada por su propietario está orientada a generar beneficios e incrementar su patrimonio.

Entonces, ¿cómo elaborar una cartera de inversión adecuada?

Determinar el perfil de riesgo

No todos los inversores son iguales. Mientras que unos buscan disfrutar de todas las garantías de seguridad posibles, otros no tienen reparo en depositar sus ahorros en activos que les pueden generar ganancias muy sustanciales, a pesar de que entrañen un mayor peligro. Y de este factor depende, en gran medida, la composición de la cartera de inversiones.

En función del nivel de riesgo asumido podemos distinguir tres perfiles de inversores: los conservadores, los medios y los agresivos. El primero suele sacrificar las rentabilidades altas a cambio de medidas de protección. En cambio, el último tolera más fácilmente el peligro, con la esperanza de disfrutar de ganancias más elevadas. Y entre ambos se despliega un abanico de grises en el que se ubican la mayoría de los ahorradores.

¿Qué empuja a una persona a situarse más cerca de un extremo de este espectro? El patrimonio es uno de los aspectos más influyentes. Si un ciudadano goza de una buena posición económica, tendrá un colchón en el que apoyarse en caso de pérdidas, y no le importará invertir cantidades más notables en activos con más riesgo.

Por el contrario, los ahorradores con menos recursos no pueden permitirse poner en juego su estabilidad económica. Muchos trabajan duramente para conseguir ese pequeño extra que posteriormente invierten, por lo que buscan productos seguros que no comprometan su salud financiera.

La personalidad también juega un papel determinante. Al fin y al cabo, hay personas más propensas a arriesgarse y personas más prudentes que no se sienten cómodas ante la incertidumbre. Por eso es necesario un ejercicio honesto de autoanálisis, con el objetivo de situarse en un punto de esta escala.

Seleccionar los productos en función de los objetivos

Tras la reflexión anterior, ha llegado el momento de tomar decisiones. Y es que, según el perfil de inversor, es más conveniente apostar por unos productos o por otros a la hora de configurar la cartera de inversión.

Los activos de renta fija, como las letras del Tesoro o el crowdfactoring con recurso, resultan muy atractivos para los inversores conservadores. ¿Por qué? Estos no solo les garantizan el retorno de la inversión, sino que les indican antes de confirmar la operación cuál será la rentabilidad que obtendrán. Aunque en ocasiones esta no es muy considerable, conocer esta información desde un primer momento entraña un gran valor para este tipo de ahorradores.

Por su parte, los inversores más arriesgados suelen decantarse por los activos de renta variable, como las acciones o los fondos de inversión. A pesar de que no saben de antemano cuáles serán los beneficios, estos serán sustancialmente más elevados que en las alternativas anteriores si los productos escogidos aumentan de valor.

¿Y qué hay de los objetivos? Es vital que los ciudadanos se pregunten por qué se inician en el mundo de la inversión. Y la respuesta a esta pregunta tiene que ir más allá de la mera obtención de dinero. ¿Es para comprar algún bien en el futuro próximo? ¿Es para disponer de más capital cuando llegue la jubilación?

En el primer caso, será más recomendable elegir mecanismos de inversión que trabajen en el corto plazo, es decir, que tienen un período de vencimiento inferior al año. Por la contra, aquellas personas que invierten con la vista puesta en incrementar sus ahorros y no tienen ninguna urgencia pueden inclinarse por los mecanismos de inversión a largo plazo. Muchas veces, pasarán varios años antes de que puedan recoger sus ganancias, pero estas suelen ser superiores.

No obstante, en esta última situación es crucial tener en cuenta el efecto de la inflación, pues el dinero pierde valor conforme pasa el tiempo, y hay que tomar medidas para contrarrestarlo.

La ayuda de un asesor financiero puede ser clave para configurar una cartera de inversión segura

Contratar un gestor financiero. O no…

Una vez se ha definido el perfil de riesgo y se han seleccionado los productos hay que decidir cómo se va a gestionar la cartera de inversión. Los ahorradores tienen dos opciones sobre la mesa: delegar la administración en expertos en la materia o, por el contrario, gestionarla ellos mismos.

Cuando se ha invertido en multitud de activos, estar pendiente de la evolución de todos ellos puede ser una tarea ardua. El ahorrador tendrá que estar atento a las subidas y bajadas del mercado de modo permanente y, en muchas ocasiones, no dispone del tiempo para ello.

Por esta razón, muchas personas recurren a un gestor externo. Profesionales especializados en cuestiones financieras que se encargan de estas actividades, siguiendo las indicaciones proporcionadas por el propietario quien, al contratar este servicio, ya no tiene que invertir su tiempo en esta labor.

Pero dentro de estos gestores es posible diferenciar dos clases. Por un lado, se encuentran, como acabamos de ver, las personas que trabajan en entidades financieras y disponen de los conocimientos y la cualificación para administrar la cartera de inversión de forma eficiente, siempre en beneficio del propietario. Sin embargo, a veces no son humanos los que realizan esta tarea.

El desarrollo tecnológico ha propiciado la aparición del robo advisor, un servicio automatizado que se encarga de asesorar y gestionar las inversiones de las personas de manera autónoma.

Estas máquinas sustituyen el componente humano por un conjunto de algoritmos avanzados y, apoyándose en la inteligencia artificial y el big data, administran la cartera en base a las instrucciones del propietario. Este se limita a comunicarle el nivel de riesgo en el que se siente cómodo, y el robot calcula los productos en los que invertir, así como la proporción idónea. No obstante, el ahorrador todavía mantiene el poder de decisión, pues la elección final depende de él.

Diversificar, revisar, reinvertir

Cuando se ha perfilado la estrategia y se han adquirido los productos, la cartera de inversión ya entraría en funcionamiento. Pero, aunque el propietario contrate un servicio externo de administración, sus labores no acaban aquí.

Si bien es cierto que el gestor podrá comunicarle los cambios importantes en sus activos y asesorarle sobre el momento ideal para ponerlos a la venta, no es conveniente que el ahorrador se desentienda por completo. Sus necesidades pueden ir evolucionando conforme avanza el tiempo, y tiene que adaptar su cartera en consecuencia.

Independientemente del riesgo que asuma el inversor, es conveniente diversificar la cartera de inversión todo lo posible, con el objetivo de minimizar el peligro de pérdidas y amortiguar el impacto de las caídas. Cuantos más productos se combinen, y cuanto más diverso sea su sector o actividad, más protegido estará el ahorrador ante las eventualidades del mercado.

Por último, conviene recordar que cuando se vende un bien no siempre es para convertirlo en efectivo. Parte del éxito de muchos inversores reside en su capacidad para detectar nuevas oportunidades y reinvertir el capital en ellas. Al fin y al cabo, la cartera de inversión es un elemento vivo, en constante cambio, con un objetivo claro: maximizar las ganancias de su propietario.

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